Hay frases que, de tanto repetirse, terminan delatando justo lo contrario de lo que pretenden afirmar.
"No renunciamos al socialismo."
Insistió Miguel Díaz-Canel mientras su Gobierno aprobaba un paquete de reformas que amplía como nunca el espacio del sector privado, la inversión extranjera y la lógica del mercado. El régimen lo vende como una simple "actualización" del modelo. Pero detrás del discurso asoma una contradicción difícil de tapar: un sistema que reprimió durante décadas aquello que hoy necesita para sobrevivir.
"No renunciamos al socialismo": el mensaje de Díaz-Canel
Esta semana, la Asamblea Nacional del Poder Popular aprobó un ambicioso paquete de 176 transformaciones económicas y sociales, organizadas en 23 ejes, con el objetivo declarado de reactivar una economía en caída libre. Y, en cada intervención, el mensaje político fue el mismo, repetido casi como un conjuro: los cambios no significan abandonar el socialismo.
El propio Díaz-Canel lo ratificó: aseguró que no se está renunciando al socialismo, sino buscando cómo seguir construyéndolo en las condiciones de un país bloqueado. "Cambiar no es negar el socialismo", tituló incluso la Presidencia. El primer ministro, Manuel Marrero, fue más allá y sostuvo que:
"Las reformas no son una renuncia, sino la condición indispensable para su preservación."
Claves del caso
Para reforzar el argumento, la cúpula invocó a Raúl y a Fidel Castro, recordando que ya ellos concebían los cambios económicos no como una claudicación, sino como un camino para salvar el proyecto.
Reformas de mercado con etiqueta socialista
El problema es que el contenido de las medidas apunta, una y otra vez, hacia el mercado. El paquete contempla una mayor apertura al capital privado nacional y extranjero, la entrada de "nuevos actores" en el turismo, incentivos a la inversión extranjera directa (especialmente de cubanos no residentes) y un papel ampliado para el sector privado y las mipymes.
Pero hay más. Las reformas incluyen mecanismos tan propios de una economía capitalista como los procedimientos de quiebra, liquidación y reestructuración de empresas, la posibilidad de convertir empresas estatales en sociedades mercantiles por acciones e incluso el canje de deuda por activos. El propio Gobierno reconoció que se trata de incorporar los mecanismos de mercado como instrumentos de asignación eficiente de los recursos. Traducido: el Estado admite que el mercado asigna mejor que la planificación central, justo lo que el socialismo cubano negó durante más de seis décadas.
El blindaje constitucional: un socialismo "irrevocable"
Aquí aparece el verdadero nudo del asunto, que es político antes que económico. Por mucho que se abra la economía, el sistema cubano está blindado en su propia Constitución. El texto aprobado en 2019 declara el carácter socialista del sistema como "irrevocable" y consagra al Partido Comunista como "la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado".
Es decir: la ley fundamental cierra de antemano cualquier puerta a una transición real o a un cambio de modelo decidido libremente por los cubanos. Se puede discutir sobre tarifas, divisas o mipymes, pero no sobre lo esencial: quién manda y bajo qué sistema. Por eso los diputados se apresuraron a aclarar que las reformas "no entran en contradicción con la Constitución". Faltaría más: el diseño está hecho para que la economía pueda flexibilizarse hasta cierto punto sin que el monopolio político del Partido se toque jamás.
La gran contradicción: reprimir lo que ahora se necesita
Y así llegamos a la paradoja que ningún discurso oficial logra disimular. Durante décadas, el castrismo persiguió, criminalizó o asfixió a golpe de impuestos y trabas precisamente aquello que hoy presenta como tabla de salvación: la propiedad privada, la iniciativa individual, la inversión extranjera, el pequeño empresario. El cuentapropista de ayer, mirado con sospecha, es el "nuevo actor" de hoy, cortejado en los discursos.
Lo que el Gobierno llama "actualización" es, en el fondo, la admisión silenciosa de un fracaso. Un modelo que prometió prosperidad mediante el control estatal total terminó produciendo apagones de 20 horas, escasez crónica y un éxodo masivo, y ahora se ve obligado a pedir auxilio al mercado que demonizó. No es una evolución ideológica: es la rendición de la realidad sobre el dogma. El régimen no abraza el mercado porque crea en él, sino porque ya no le queda otra salida.
¿Actualización o agotamiento del modelo?
Conviene, eso sí, escuchar también el otro argumento. Los defensores del Gobierno sostienen que esto no tiene nada de contradictorio: sería, simplemente, la versión cubana de un "socialismo de mercado", al estilo de China o Vietnam, que combinan economías dinámicas con el control férreo de un partido único. Desde esa óptica, Cuba no estaría traicionando su modelo, sino modernizándolo para sobrevivir en un mundo hostil.
El matiz es real, pero choca con un dato incómodo: ni China ni Vietnam llegaron a esas reformas tras décadas de inmovilismo y al borde de un colapso total, y ambas las acompañaron de un crecimiento que Cuba no tiene a la vista. Aquí, las medidas llegan tarde, a regañadientes y sin tocar el problema central. Por eso la gran pregunta sigue abierta: ¿estamos ante una verdadera actualización del socialismo cubano, o ante la lenta agonía de un modelo que se aferra al poder mientras desmonta, pieza a pieza, todo lo que decía defender? La respuesta, como siempre en Cuba, dependerá menos de los discursos y más de lo que pase en la calle.






