En medio de apagones interminables, colas para todo y una economía que cruje, Miguel Díaz-Canel salió este viernes en la televisión cubana a anunciar la receta que, asegura, sacará a la Isla del pozo: un paquete de diez reformas económicas que tocan desde la inversión extranjera hasta la movilidad eléctrica. "El país no está detenido", proclamó. El problema es que, mientras lo decía, su propio semblante (cansado, tenso, algo desaliñado) parecía contar una historia muy distinta.
Las 10 medidas: inversión, divisas, pymes y energía
El anuncio llegó durante un encuentro con reporteros nacionales transmitido por la televisión estatal. Díaz-Canel adelantó que las medidas están siendo ultimadas y que se aprobarán en las próximas semanas, sin precisar fechas exactas ni qué leyes las respaldarán. El paquete, según expuso, contempla:
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Apertura a nuevas oportunidades de inversión para capital extranjero y cubanos residentes en el exterior.
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Mayor participación de actores económicos no estatales en sectores como el turismo, la energía y otras áreas estratégicas.
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Flexibilización de actividades económicas hoy restringidas para el sector privado.
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Operaciones de importación y exportación de forma más directa.
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Nuevos incentivos para productores agrícolas, con acceso a recursos, financiamiento e inversiones.
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Aprobación de las pequeñas y medianas empresas que seguían pendientes de autorización.
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Más autonomía para municipios y empresas estatales en la gestión de sus actividades económicas.
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Impulso a proyectos de generación eléctrica y al desarrollo de nuevas capacidades energéticas.
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Mecanismos para una mayor gestión de divisas por parte de determinados actores económicos.
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Promoción de la movilidad eléctrica y la modernización del transporte.
Llama la atención que varias de estas "novedades" (como la entrada de "nuevos actores" en el turismo) lleguen justo después de que las grandes cadenas hoteleras extranjeras abandonaran la Isla para evitar las sanciones estadounidenses, dejando el parque hotelero en manos del Estado.
"El país no está detenido": el discurso de Díaz-Canel
El mandatario defendió con énfasis la estrategia y pidió respaldo y confianza a la población. Aseguró que los cambios responden a "las exigencias de los tiempos actuales" y no tanto a las presiones de Washington y afirmó:
"El país no está detenido. Está enfrentando con inteligencia toda esta situación."
Claves del caso
También se refirió a que no todo puede hacerse público de inmediato, porque hay quienes vigilan cada paso del Gobierno. Apeló, como es costumbre, a la unidad y dijo:
"nuestra respuesta tiene que ser la de la unidad"
E invitó a los cubanos a aportar ideas:
"Todo el que tenga una idea mejor y una propuesta mejor, que la diga."
En el papel, un llamado a la participación, pero en la práctica, un Gobierno que lleva años prometiendo que el cambio está a la vuelta de la esquina sin que llegue el cambio.
El detalle que se robó la escena: un líder tan agotado como su país
Lo más comentado y que no pasó inadvertido para la gente, no fueron las medidas, sino la imagen del mandatario. Frente a las cámaras, Díaz-Canel proyectó un aire que muchos leyeron como incomodidad: gesto cansado, semblante y atuendo algo desaliñados, un lenguaje corporal que transmitía más inquietud que la confianza que estaba pidiendo. Y cuesta convencer a todo un país de que la situación está bajo control cuando quien lo dice parece, él mismo, a punto de quedarse sin batería.
La metáfora casi se escribe sola. Un mandatario que luce desgastado, tenso y sin brillo, anunciando que "el país no está detenido" ante una nación que pasa buena parte del día a oscuras. Si su semblante fuera un indicador económico, valdría más que cualquier informe oficial: refleja, con una honestidad que a las palabras les faltó, el estado real de la Isla. Cuba, como su presidente en esa comparecencia, también luce hoy agotada, improvisada y funcionando con la reserva. La diferencia es que a la economía cubana no le alcanza con pedir "unidad" para volver a encenderse.
Reformas sin fecha y bajo sospecha
Más allá del show, las dudas de fondo son enormes. Díaz-Canel no puso fecha de entrada en vigor ni explicó con qué normas se concretará cada medida, y muchos de los anuncios suenan a viejas promesas recicladas. Abrir el turismo a "nuevos actores" cuando las marcas internacionales acaban de huir, o prometer más "autonomía" a las empresas estatales sin tocar el control del conglomerado militar GAESA, deja la sensación de parches antes que de una verdadera reforma estructural.
La reacción ciudadana fue, en buena medida, de escepticismo. En las redes y en los comentarios de los medios, la "confianza" que pidió el presidente chocó de frente con la realidad cotidiana: ¿confianza en qué, se preguntaban muchos, si llevan años con apagones, sin agua y sin respuestas? La historia reciente pesa: cada paquete de medidas anterior prometió un giro que nunca terminó de llegar.
Qué está en juego
El anuncio de Díaz-Canel puede leerse de dos maneras. Para el Gobierno, es la prueba de que Cuba "enfrenta con inteligencia" la crisis y se adapta a los nuevos tiempos. Para sus críticos, es otra ronda de medidas vagas y tardías, hechas bajo la presión de Estados Unidos y del derrumbe económico, sin la voluntad de tocar los pilares del modelo.
La lectura sobre Diaz Canel Anuncia
Lo que está en juego es nada menos que la supervivencia económica de la Isla en uno de sus momentos más difíciles. Y mientras llegan (o no) los detalles que el propio mandatario prometió ofrecer "más adelante", a los cubanos les queda una certeza incómoda: que el rostro tenso de su presidente en aquella comparecencia dijo, sin querer, más que todas sus frases sobre la unidad y la inteligencia. Porque un país, igual que un líder, no se sostiene solo con discursos.






