La frase la soltó sin pestañear. Detrás tenía la Tribuna Antimperialista, delante el desfile, y enfrente al periodista español Néstor Prieto, del diario Público. En ese marco, Miguel Díaz-Canel decidió que el mensaje del Primero de Mayo no iba a ir sobre lo obvio (la comida, la luz, las medicinas) sino sobre otra cosa: combate.
"Si nos agreden aquí habrá combate y nosotros nos preparamos en nuestra concepción defensiva la guerra de todo el pueblo... para que no haya sorpresa y para que no haya derrota."
Un país sin luz, sin medicinas, con un transporte que apenas se mueve. Pero "listo para combatir". Esa fue la foto del 1 de mayo según el régimen.
El "estado fallido" que él mismo describió sin querer
Le molesta a Díaz-Canel la etiqueta. En la entrevista la negó con un argumento que él considera fuerte: si Cuba fuera un estado fallido —vino a decir— no habría tanta gente marchando, ni tantas firmas.
Bueno, los datos.
La ONEI, que es el organismo oficial de estadística del propio gobierno, admitió en 2024 que la población cayó de 11,3 millones a 9,7 millones en cuatro años. Más de un millón de personas, oficialmente, desaparecieron del país. El demógrafo cubano Juan Carlos Albizu-Campos, que lleva años estudiando esto, calcula que la cifra real es peor todavía: unos 8,62 millones de habitantes, lo que supondría que Cuba ha perdido cerca de 2,7 millones de personas desde 2020.
Solo a Estados Unidos llegaron más de 850.000 cubanos entre 2022 y mediados de 2024, según la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza norteamericana. Casi un 8% del país. En tres años. El profesor Jorge Duany, de la Universidad Internacional de la Florida, dijo que es el mayor éxodo desde 1959.
Un país del que se va uno de cada diez habitantes en tres años no se llama "país con respaldo popular". Tiene otros nombres.
La palabra que se le escapó: "monolítica"
Hubo una frase en la entrevista que sorprendió hasta a algunos simpatizantes del régimen. Hablando del Partido Comunista, Díaz-Canel se permitió esta confesión:
"La dirección de la revolución, que es una dirección monolítica con coherencia ideológica, con unidad y disciplina revolucionaria, está dispuesta a dar la vida."
Monolítica. Esa palabra la dijo él. Sin oposición interna, sin matices, sin debate. Y por si quedaba alguna duda, más adelante remató: "La unidad se defiende con la doctrina. Cuando todos abrazan la doctrina, abrazan las ideas de la revolución."
O sea: el que piensa distinto, no es cubano de verdad. Algo así. Esa es la lógica.
Y mientras hablaba de diálogo con Washington, marcó la cancha: cualquier conversación tendría que darse "sin cuestionamiento a nuestro sistema político". Hablamos de todo, menos del modelo. Hablamos, pero callados.
El bloqueo: la respuesta de manual
Desde hace seis décadas el guion oficial es el mismo. Y Díaz-Canel lo siguió al pie de la letra. ¿De quién es la culpa de la crisis? Del embargo. ¿De qué exactamente?
- La paralización casi total de la economía.
- La escasez de medicinas y comida.
- Las dificultades para abastecer de agua a la población.
- El colapso del transporte público.
- La reorganización del curso escolar.
- E incluso, dijo, el deterioro del servicio comunal de recogida de basura.
Vale la pena detenerse un segundo. El embargo lleva en pie desde 1962. Sesenta y tres años. En ese mismo tiempo Vietnam se levantó de los escombros de la guerra y hoy crece sostenidamente. Corea del Sur, que en los sesenta tenía menos PIB per cápita que Cuba, hoy fabrica los teléfonos que el mundo entero usa. Hasta Ruanda, después del genocidio del 94, levantó su economía.
¿Y Cuba? Cuba sigue echándole la culpa a Washington.
Nada de lo que un economista normal mencionaría —la ineficiencia del modelo, los desincentivos a producir, la persecución a los cuentapropistas, el control estatal sobre absolutamente todo— apareció en esa entrevista. Esa lista, en el discurso oficial, no existe.
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"Madrugadas de laboriosidad": el retrato sin querer
Hay un momento de la entrevista que se siente raro. Hablando de la rutina familiar, el mandatario describe lo que él llamó "madrugadas de laboriosidad". Lo dice como si fuera algo digno de elogio. Lo que está describiendo, en realidad, es que la gente se levanta a las dos o tres de la mañana para cocinar, porque solo a esa hora "hay un poquito de energía". Eso lo dijo él.
Lo de Villa Clara llegó a otro nivel. La empresa eléctrica de la provincia publicó oficialmente, con cronograma y todo, que los apagones podían durar hasta 19 horas diarias. Cinco horas de luz, si todo salía bien. Lo demás, a apañarse. Velas, linternas, lo que cada quien encuentre. Y eso es información del propio Estado, no de una página opositora.
En los últimos meses del año pasado se cayó el Sistema Electroenergético Nacional entero siete veces. Apagón total, isla a oscuras, no funciona nada. En marzo de este año pasó dos veces más. Ya nadie compra alimentos para guardar. El refrigerador, en muchas casas cubanas, lleva meses funcionando como un mueble decorativo.
Lo que no mencionó: los presos políticos
Habló de unidad. Habló de las firmas. Habló de los más de 6 millones de cubanos que, según él, respaldan a la revolución. Pero hubo un tema que ningún entrevistador honesto habría dejado pasar, y que en esta entrevista no apareció: ¿qué pasa con los que no firman?
Los datos los tiene Prisoners Defenders, una organización con sede en Madrid. Su informe más reciente, de febrero de este año, contabiliza 1.207 personas presas por motivos políticos en Cuba. Récord histórico. La cifra más alta jamás registrada por la organización. Dos de cada tres de esos presos vienen de un solo día: el 11 de julio de 2021.
Aquel domingo de verano los cubanos salieron a la calle. No en una ciudad. En más de cincuenta. Gritaron lo que durante décadas estuvo prohibido gritar. ¿La respuesta de Díaz-Canel? La dio él mismo, en cadena nacional, esa misma tarde: "la orden de combate está dada." Y se cumplió.
Entre los 1.207 presos hay 33 menores de edad. Algunos cayeron presos con 14, 15 años. Ninguno cometió delitos violentos, según los expedientes que la organización ha podido revisar. Su "delito" fue ideológico. El régimen lo llama "desórdenes públicos" o "sedición".
"Cuba nunca ha agredido": el dato que no cuadra
Otro momento llamativo: Díaz-Canel dijo que Cuba "no manda bombas ni tropas al mundo", que solo manda "médicos y maestros". Bonito, pero hay un problema.
Entre 1975 y 1991, La Habana envió unos 380.000 soldados a Angola. No fue una asesoría. No fue una misión humanitaria. Fue una guerra. La operación militar latinoamericana más grande fuera del continente en todo el siglo XX. Y Angola fue solo una parada. Cuba intervino también en Etiopía. Tuvo asesores en Nicaragua, en Granada (hasta la invasión norteamericana de 1983), en Siria. Y más recientemente, según múltiples reportes —incluyendo del propio gobierno de Estados Unidos— en Venezuela.
Sobre las famosas "misiones médicas internacionalistas", la Relatoría Especial de la ONU sobre formas contemporáneas de esclavitud ha recibido denuncias bastante serias. El esquema es así: un país anfitrión (Brasil, Sudáfrica, Qatar, Italia en su momento) paga miles de dólares mensuales por cada médico cubano. Pero el médico recibe entre el 10% y el 25% de esa cifra. El resto va a las arcas del Estado cubano. Hay un nombre para ese arreglo. Y no es "solidaridad".
Un cierre que dice más de lo que pretende
La entrevista terminó con esta promesa, que leída con calma da hasta vergüenza ajena:
"Vamos a tener un país iluminado, más iluminado sin derrochar, más productivo con eficiencia."
¿Iluminado? En provincias como Holguín o Santiago de Cuba, los apagones de 16 horas son rutina. ¿Productivo? La producción azucarera cubana —que en los setenta llegó a 8 millones de toneladas— cerró 2024 por debajo de las 350.000. Casi el peor año desde 1908. ¿Eficiente? La gente saca el pasaporte español por la "ley de nietos" antes que esperar otro discurso.
Y lo más curioso es que el propio Díaz-Canel, minutos antes de esa promesa, había soltado esto:
"Nosotros no hemos podido construir todo nuestro sueño. Nosotros tenemos sueños pendientes. Todavía hay mucho machete que dar."
Sesenta y seis años. Esa es la cifra. Sesenta y seis años llevan diciendo lo mismo: el sueño está pendiente, falta machete, el bloqueo lo explica todo. Mientras tanto los cubanos se montan en balsas, cruzan el Darién, se casan por papeles, hacen cola en la embajada de España. Algunos siguen creyendo. Otros ya ni eso.