Un grupo de trabajo que nadie debía conocer
La CIA creó en secreto un grupo de trabajo dedicado exclusivamente a Cuba. Lo publicó The New York Times el 5 de agosto, con la firma de Adam Entous y fuentes informadas que hablaron bajo anonimato. Dos días después, el mismo diario amplió el cuadro con un reportaje de Tyler Pager, Julian E. Barnes y Frances Robles sobre algo más delicado aún:
"la búsqueda activa de un dirigente cubano dispuesto a asumir el poder."
La estructura permite dirigir con rapidez recursos financieros, humanos y técnicos hacia la isla. El equipo ya suma oficiales de caso (los encargados de reclutar y manejar fuentes), analistas, especialistas en operaciones cibernéticas y expertos en influencia encubierta. Consultada por el diario, la CIA declinó comentar.
El paralelismo histórico es inevitable:
"en 1960 la agencia formó un grupo de trabajo sobre Cuba que supervisó la fallida invasión de Bahía de Cochinos."
La diferencia es que la nueva unidad no tiene socios cubanos organizados ni autorización para facilitar operaciones letales.
"Con un matiz: por su naturaleza flexible, el presidente puede modificar esas autorizaciones cuando quiera."
"Alteración del régimen": la frase que define la estrategia
La clave conceptual aparece en el reportaje del 7 de agosto. Washington no persigue, al menos por ahora, el colapso abrupto del sistema cubano, sino algo más quirúrgico: que la propia estructura de poder se reorganice desde dentro y desplace a los considerados intransigentes. El diario lo resume con una fórmula que ya circula en la capital estadounidense:
"el plan es "más una alteración del régimen que un cambio de régimen"."
La distinción no es semántica. Un derrumbe descontrolado a noventa millas de Florida implicaría crisis migratoria masiva, vacío de seguridad y un costo político difícil de administrar en año electoral. Una transición pactada con figuras del propio aparato ofrecería continuidad institucional en apariencia y contenido distinto en la práctica.
De ahí el mandato del grupo: crear fisuras en la élite cubana, con la esperanza de que los dirigentes reemplacen a los halcones antiestadounidenses por perfiles más pragmáticos y receptivos a lo que exige Donald Trump.
Los nombres que Washington mira con lupa
Aquí el reportaje se vuelve incómodo para La Habana. Estados Unidos busca un funcionario cubano (en activo o retirado) que pueda ser persuadido de encabezar la transición.
El gobierno cubano ha promovido a Óscar Pérez-Oliva Fraga, sobrino-nieto de Fidel Castro, como rostro visible en la televisión estatal. Washington lo considera inaceptable. Otro nombre en circulación es Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, coronel del MININT y conocido como "Raulito" o "El Cangrejo": fue guardaespaldas de su abuelo, nunca ha ocupado cargo público y su presencia en reuniones de alto nivel alimenta especulaciones. El tercero es el ministro del Interior, Lázaro Alberto Álvarez Casas, a quien algunos en Washington ven como la opción más manejable.
Claves del caso
No es casual que el director de la CIA, John Ratcliffe, se reuniera con Rodríguez Castro y Álvarez Casas en La Habana el 14 de mayo. Su mensaje fue doble:
"reconoció a los servicios cubanos como adversarios capaces y posibles socios futuros, pero advirtió que se les acababa el tiempo e insinuó que la isla podía ser "la próxima Venezuela"."
La lista de exigencias sobre la mesa
En las últimas semanas, funcionarios estadounidenses presentaron a La Habana un pliego concreto de demandas. Entre ellas:
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Liberalización de la economía cubana.
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Apertura del mercado a empresas estadounidenses.
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Compra de petróleo a Estados Unidos.
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Expulsión de agentes rusos y chinos de la isla.
A cambio se ofrecieron incentivos: ayuda humanitaria y flexibilización de sanciones. La respuesta ha sido negativa: el reportaje advierte que el gobierno cubano actual no parece dispuesto a hacer esas concesiones.
Las herramientas del expediente
La investigación permite reconstruir el repertorio:
Reclutamiento humano. Oficiales de caso captando fuentes dentro del aparato militar, del MININT y de la burocracia económica.
Ciberoperaciones e influencia encubierta. Especialistas dedicados a moldear percepciones dentro de la isla y en la diáspora.
Guerra financiera y reputacional. Los analistas rastrean flujos secretos de dinero y negocios de los dirigentes, y la agencia podría divulgarlos para erosionar su imagen ante la población, táctica ya empleada contra Rusia.
La lectura sobre New York Times
Presión legal y sancionatoria. El Departamento de Justicia presentó una acusación contra Raúl Castro. El 6 de agosto, Washington sancionó a cinco entidades y ocho funcionarios del aparato militar cubano.
Recolección técnica masiva. Cuba fue elevada a "Prioridad 1" en el Marco Nacional de Prioridades de Inteligencia, al nivel de China, Irán y Rusia. La NSA y la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial redirigen satélites hacia la isla. Según Politico, desde febrero aeronaves como el P-8A Poseidon, el RC-135V Rivet Joint y el MQ-4C Triton acumulan más de 150 horas de misiones en el entorno cubano. Esa inteligencia también permite al Pentágono actualizar sus opciones ante una eventual acción militar.
El espejo venezolano y la lección iraní
Todo ocurre bajo la sombra del 3 de enero, cuando fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro. Tras aquella operación, Washington respaldó a Delcy Rodríguez como presidenta interina, vista como figura pragmática dispuesta a colaborar. Ese es el molde que algunos quieren replicar.
La velocidad del desenlace venezolano llevó a los asesores más belicistas a calcular que el gobierno cubano podría haber desaparecido antes de las elecciones de medio término de noviembre. En privado, esos mismos halcones admiten que una acción decisiva contra La Habana probablemente deberá esperar a que concluya la guerra en Irán.
Ahí aparece la advertencia incómoda: en Irán se intentó algo parecido (impulsar a una figura crítica del liderazgo clerical) y fracasó. El Times señala que quienes aguardan entre bastidores en Cuba, igual que sus homólogos iraníes, representan facciones más radicales, no más moderadas. La escasez de pragmáticos complica los cálculos.
El cerco de Rubio y la respuesta de La Habana
El secretario de Estado, Marco Rubio, es la voz más audible de esta política. Describió la estrategia sin rodeos: cada vez que Cuba crea un mecanismo para aliviar las sanciones, Washington lo bloquea. Subrayó que, tras la caída de Maduro, la isla carece por primera vez de los dos pilares que la sostuvieron: un patrocinador internacional y la indiferencia estadounidense. El contexto interno es severo:
"apagones multiplicados, desconexiones del Sistema Eléctrico Nacional y escasez de combustible."
El vicecanciller Carlos Fernández de Cossío respondió al Times que las intenciones no sorprenden a nadie, porque Cuba lleva décadas siendo blanco de "espionaje, subversión y desestabilización". El canciller Bruno Rodríguez atribuye la crisis energética al bloqueo. La vicecanciller Josefina Vidal reaccionó con dureza a Rubio, y los medios oficiales enmarcaron el reportaje como filtraciones gubernamentales. La postura de La Habana no varía: disposición al diálogo, pero desde el respeto a la soberanía y sin injerencia.
Los puntos ciegos del plan
Conviene no leerlo como una hoja de ruta infalible. Tiene grietas visibles:
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La unidad no dispone de socios cubanos organizados sobre el terreno.
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La estación de la CIA en La Habana, reabierta en 2024, opera bajo vigilancia casi constante.
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Raúl Castro, de 95 años, no ocupa cargos formales: capturarlo no produciría automáticamente un relevo.
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No está claro que exista el pragmático que Washington necesita.
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El calendario depende de un frente ajeno: Irán.
El propio reportaje termina reconociendo que los planes precisos de Estados Unidos para Cuba siguen siendo poco claros.
Hay, en definitiva, tres relojes corriendo a la vez:
"el electoral estadounidense de noviembre, el militar en Oriente Medio y el energético cubano."
La estrategia descrita por el Times apuesta a que el tercero se agote antes que la paciencia de los otros dos. Esa apuesta se ha hecho muchas veces en sesenta y siete años. Lo que nunca había sido igual es el escenario.





