Rotas las conversaciones EEUU-Cuba: qué significa para quien espera un cambio

Autor: NotiCuba

La Habana dice estar dispuesta a seguir hablando. Pero Washington exige cambiar el sistema y Cuba ofrece reformas que lo preservan. No es distancia: es incompatibilidad.

Lo que confirmó el viceministro

En una entrevista exclusiva concedida a USA TODAY en La Habana y publicada el domingo, un alto funcionario del Gobierno cubano dio por rota la vía diplomática.

Carlos Luis Jorge Méndez, viceministro primero de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, confirmó que ambos países suspendieron las conversaciones hasta poder encontrar puntos en común.

Y añadió la fórmula que La Habana repite desde hace meses: 

"Mantenemos nuestra posición y estamos dispuestos a continuar el diálogo."

Dos frases que dicen mucho más de lo que parecen. La primera reconoce una ruptura. La segunda deja abierta la puerta sin mover un centímetro la posición.

Quién habla

Conviene situar la fuente, porque no es menor.

Méndez es viceministro primero del MINCEX, licenciado en Economía, y llegó al cargo tras desempeñarse como director general de Inversión Extranjera del propio ministerio. Fue designado en 2024, cuando tenía 36 años, en una remodelación que se produjo tras el pobre desempeño de la inversión extranjera en la isla.

Es decir: quien confirma la ruptura no es un diplomático del MINREX ni un vocero político. Es el funcionario encargado de atraer capital extranjero.

Que sea precisamente él quien lo diga, en un medio estadounidense y en el mismo momento en que anuncia una apertura económica, no parece casual.

Lo que sí vino a anunciar

Porque la entrevista no era sobre diplomacia. Era sobre reformas.

Méndez adelantó que el paquete de 176 reformas económicas aprobado por la Asamblea Nacional en junio, agrupado en 23 ejes temáticos, empezaría a convertirse en ley esa misma semana, y que todas deberían quedar formalizadas antes de que termine el año.

Entre las medidas mencionadas figuran:

  • Comercio exterior directo para empresas privadas

  • Eliminación de la contratación obligatoria a través del Estado para inversores extranjeros

  • Mayor libertad para que los inversores foráneos contraten trabajadores

  • Ampliación de su capacidad para desarrollar bienes raíces en la isla

Su valoración fue enfática: "Esto refuerza la idea de que Cuba se está abriendo. Es un proceso real, no una maniobra."

En inglés, la frase que recogió USA TODAY fue aún más directa: "This is for real. This isn't a ploy."

La respuesta de Washington: "window dressing"

Y aquí está el dato que conviene no perder de vista.

Cuando esas reformas se anunciaron en junio, algunos analistas y empresarios cubanos y estadounidenses las aplaudieron.

El Gobierno de Estados Unidos las calificó de "window dressing": fachada, decorado de escaparate.

Esa es, en dos palabras, toda la distancia entre las partes. Uno dice "es real, no es una maniobra". El otro responde "es maquillaje".

Cuando el desacuerdo no es sobre las condiciones sino sobre si lo ofrecido es siquiera sincero, no hay margen de negociación.

Por qué no existe el "punto en común"

Méndez habla de suspender las conversaciones "hasta poder encontrar puntos en común". Conviene examinar si ese punto puede existir.

Claves del caso

Lo que exige Washington. El comunicado del Departamento de Estado tras la reciente reunión de Marco Rubio con la canciller de Canadá fijó la vara: reformas "inmediatas, significativas e irreversibles".

Y sobre el alcance, Rubio fue explícito en marzo, en Fox News: 

"No se puede arreglar su economía si no se cambia su sistema de gobierno."

Lo que ofrece La Habana. Díaz-Canel ha sido igual de claro en la dirección contraria. Ha afirmado que las reformas no conducirán al capitalismo, que los principales medios de producción seguirán bajo control estatal, que el Partido Comunista mantendrá su papel dirigente y que quedan descartadas las privatizaciones en sectores estratégicos como la salud y la ciencia.

Y ha insistido en que esas medidas no fueron concebidas para satisfacer a Washington.

Ponga ambas posiciones una junto a la otra. Estados Unidos exige que cambie el sistema político. Cuba ofrece medidas económicas que lo preservan expresamente.

No es que estén lejos de un acuerdo. Es que están negociando cosas distintas. Y entre "cambia el sistema" y "el sistema no cambia" no existe un punto intermedio.

El interlocutor que Washington buscó

Hay un elemento del mismo reportaje que ilumina la naturaleza real de estas conversaciones.

Según reveló USA TODAY en una entrevista exclusiva publicada en julio, Estados Unidos había estado buscando un interlocutor dentro del sistema cubano, y realizó aproximaciones a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, coronel del MININT, conocido como "El Cangrejo".

Ese detalle revela qué tipo de diálogo se estaba intentando: no un proceso de apertura democrática, sino la búsqueda de una figura del propio aparato dispuesta a negociar un reacomodo.

Es coherente con lo que The New York Times describió en agosto como la estrategia estadounidense hacia la isla: "más una alteración del régimen que un cambio de régimen".

¿Qué significa esto para las esperanzas de libertad?

Vamos a la pregunta de fondo, que merece una respuesta honesta y no un consuelo.

Primero: la ruptura del diálogo no acerca automáticamente el cambio. Puede significar exactamente lo contrario: prolongación del statu quo, con más sanciones, más escasez y más tiempo. Nada garantiza que la presión sin negociación produzca resultados más rápidos que la negociación.

Segundo, y es lo más incómodo: el pueblo cubano no está en esa mesa. Ninguna de las dos partes lo representa.

La lectura sobre La Habana

La Habana negocia su propia supervivencia. Y Washington negocia sus intereses, como el propio Rubio explicó sin rodeos en agosto: 

"No trabajo para Cuba. Trabajo para Estados Unidos."

Su objetivo declarado es una Cuba "segura, estable y alineada" con Washington, por razones de seguridad nacional estadounidense.

Esos objetivos pueden coincidir con la libertad de los cubanos. No son lo mismo que ella.

Tercero: los datos siguen empeorando mientras se discute. El 94 % de la población vive en pobreza extrema. Ocho de cada diez cubanos han dejado de hacer alguna comida. Hay 1.327 presos políticos, la cifra más alta jamás documentada, incluido un niño de trece años. Los apagones superan las veinte horas y el sistema eléctrico va por su séptima desconexión total del año.

Ese deterioro no se detiene por una ronda de conversaciones ni se acelera por su ruptura. Sigue su propio curso.

La lección venezolana

Y hay un precedente reciente que conviene mirar con atención antes de depositar todas las esperanzas en un acuerdo.

En Venezuela sí hubo desenlace. Capturaron a Maduro el 3 de enero. Ocho meses después, quien firma acuerdos petroleros de veinticinco años con Trump es Delcy Rodríguez, su propia vicepresidenta, integrante del mismo aparato.

Sin elecciones. Sin juicios. Sin desmontar la estructura de seguridad.

Es decir: tampoco el acuerdo garantiza la libertad. En un caso el diálogo se rompe y no pasa nada; en el otro el diálogo prospera y el aparato sobrevive con contratos.

La respuesta honesta

Casi siete décadas de historia permiten una conclusión que no gusta a nadie: ni el diálogo ni su ruptura han producido libertad en Cuba.

Hubo deshielo con Obama y el sistema no cambió. Hubo máxima presión con Trump y el sistema no cambió. Ahora hay ruptura, y no hay motivo para esperar que ese silencio produzca lo que no produjeron ni la conversación ni el cerco.

Lo que sí ha cambiado en el último año es otra cosa, y ocurre dentro de la isla: las cazuelas suenan hasta en Plaza de la Revolución, el Observatorio Cubano de Conflictos registró en julio la cifra mensual de protestas más alta de su historia, y el 95 % de la población desaprueba a su Gobierno.

Esa es la variable que ninguna negociación produce y que ninguna ruptura cancela.

Mientras tanto, dos gobiernos dicen estar dispuestos a hablar de cosas que el otro no está dispuesto a discutir, y once millones de personas esperan a que alguien encuentre un "punto en común" que, geométricamente, no existe.