"¡Que se vayan!": el grito que estremece a Cuba mientras estallan nuevas protestas

Autor: NotiCuba

Al grito de "¡Que se vayan!", "libertad y corriente", La Habana, Santa Clara y Santiago estallaron en protestas por apagones y escasez. El régimen responde con represión, mientras el hartazgo popular alcanza su mayor nivel desde 2021.

Cuba volvió a salir a la calle, y esta vez el grito fue inequívoco: "¡Que se vayan!". En cuestión de días, los cacerolazos se extendieron por La Habana, Santa Clara y Santiago de Cuba, en una nueva ola de protestas detonada por los interminables apagones, la falta de agua y la escasez de comida. Mientras la cúpula del régimen se encerraba a "evaluar" reformas económicas, el pueblo respondía en la oscuridad con calderos, consignas y un hartazgo que ya no cabe en las casas. La respuesta del Gobierno fue la de siempre: represión, vigilancia y silencio.

"¡Que se vayan!": el grito que recorre la Isla

Las protestas no son nuevas, pero su intensidad y su tono sí marcan un cambio. A los reclamos por "agua y corriente" se sumaron consignas cada vez más políticas, como "libertad y corriente" y un rotundo "¡que se vayan!" dirigido directamente al Gobierno. Lo que empezó como una exigencia de servicios básicos se transformó, en muchos barrios, en un cuestionamiento abierto al poder.

El detonante es siempre el mismo: la electricidad. En Villa Clara los apagones llegaron a las 20 horas diarias; en La Habana, oscilaban entre 12 y 22 horas; y en Santiago, la empresa eléctrica reorganizó los cortes en nueve bloques, dejando a muchos sectores con apenas una o dos horas de luz al día. El golpe final llegó el 15 de junio, cuando la termoeléctrica Antonio Guiteras (la principal del país) volvió a salir de servicio, una de sus quince averías en seis meses. La generación nacional no cubre ni un tercio de la demanda.

La Habana, Santa Clara y Santiago: tres ciudades, un mismo hartazgo

En La Habana, decenas de vecinos bloquearon la populosa calle Reina, a la altura de Manrique, en pleno Centro Habana, entre un intenso repique de calderos. La escena ocurrió a apenas seis cuadras del Capitolio, sede de la Asamblea Nacional, y una de las imágenes (una sombra humana gigante avanzando entre el humo de la protesta) se viralizó como símbolo del descontento. Hubo, además, incendios en Santos Suárez y Playa.

En Santa Clara, los vecinos del reparto Condado salieron a las calles a protestar por los prolongados cortes, en una ciudad donde, además, han proliferado los carteles y pintadas contra el régimen. Y Santiago de Cuba vivió una de las mayores jornadas de protesta en meses: los cacerolazos resonaron en repartos como Sueño, Santa Bárbara, Antonio Maceo, Mármol, Altamira y Chicharrones, hasta el punto de que algunos comunicadores bautizaron a la ciudad como la "Ciudad Cacerola". En el barrio José Martí, los vecinos exigieron las tres palabras que resumen la crisis: electricidad, alimentos y libertad.

La respuesta del régimen: combustible para reprimir, no para ambulancias

Frente a este estallido, el Gobierno cubano reaccionó como suele hacerlo. En algunos casos, como en la calle Reina, la Policía se limitó a observar e intimidar sin intervenir en la protesta pacífica. En otros, desplegó toda su maquinaria represiva: durante una manifestación en Santiago, los vecinos vieron aparecer una veintena de patrullas, la Brigada Especial con sus "boinas negras" y decenas de agentes civiles del Departamento Técnico de Investigaciones en motocicletas.

El contraste lo resumió la propia gente con una frase demoledora: no había combustible para las ambulancias, pero sí para la Policía. A la represión callejera se suman las detenciones (documentadas por organizaciones como Cubalex) y el acoso de la policía política a familiares de presos políticos, a quienes interrogan para dar con los autores de los carteles antigubernamentales. Mientras tanto, el régimen prioriza el suministro eléctrico en La Habana, el territorio más sensible políticamente, mientras el resto del país sigue a oscuras.

El hartazgo en cifras: el mayor nivel desde 2021

Los números confirman que no se trata de hechos aislados, sino de una tendencia en ascenso. Según el Observatorio Cubano de Conflictos, en mayo de 2026 se registraron más de 1.300 protestas y acciones de desafío público en toda la Isla, una cifra muy cercana al récord histórico. En marzo habían sido 1.245 y en abril 1.133, los niveles más altos desde las masivas manifestaciones del 11 de julio de 2021.

Detrás de esas cifras hay un país agotado. El miedo, que durante décadas paralizó cualquier protesta, parece estar cediendo ante la desesperación. Como resume una frase que circula entre los cubanos, el temor ya no es a que vengan los estadounidenses, sino a que no vengan. Aun así, la represión sigue pesando: más del 40% de los encuestados en la Isla reconoce que calla como estrategia de supervivencia.

Reformas de espaldas a la calle

Hay una coincidencia que ningún cubano pasó por alto. Las protestas estallaron justo cuando el régimen convocaba un Pleno Extraordinario del Comité Central del Partido Comunista y una sesión urgente de la Asamblea Nacional para "evaluar" el paquete de reformas económicas anunciado por Miguel Díaz-Canel. Mientras la cúpula debatía a puerta cerrada sobre inversión extranjera, autonomía municipal y subsidios, en las calles la gente exigía algo mucho más inmediato: poder encender una bombilla, abrir el grifo y llevar comida a la mesa.

Ese desfase lo dice todo. El Gobierno responde a una emergencia cotidiana con planes a mediano plazo y promesas que, según la experiencia de la población, rara vez se concretan. La distancia entre el discurso oficial (que pide "resistencia y confianza" y culpa al bloqueo estadounidense de todos los males) y la realidad de los barrios a oscuras no deja de crecer. Y cada noche sin luz, esa brecha se vuelve más difícil de tapar.

Qué está en juego

La nueva ola de protestas confirma que Cuba atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. El descontento dejó de ser un murmullo para convertirse en un grito que se repite, ciudad tras ciudad, noche tras noche. El régimen ha demostrado que tiene capacidad para contener y reprimir cada estallido, pero no para resolver la causa que los origina.

Claves del caso

La gran incógnita es cuánto más puede estirarse esta cuerda. Con una economía en caída libre, una red eléctrica colapsada, una presión externa cada vez mayor y un pueblo que parece haber perdido el miedo, el escenario es tan inflamable como impredecible. Mientras tanto, los cubanos siguen haciéndose la única pregunta que de verdad importa, la misma que lanzó una mujer en plena oscuridad: "¿Hasta cuándo es esto?".