La primera grieta: por qué la acusación contra Raúl Castro es la justicia que el pueblo cubano esperó 67 años

Autor: NotiCuba

Hay una palabra que el pueblo cubano casi había olvidado cómo se pronuncia: justicia. Sesenta y siete años de “revolución" le enseñaron a los cubanos que esa palabra no era para ellos. Que era un lujo de otros países, de otras latitudes, de otras vidas. En Cuba, justicia significaba otra cosa: significaba el tribunal revolucionario que condenaba sin pruebas, el "acto de repudio" frente a la casa del vecino, el paredón de los primeros años. Justicia, en boca del castrismo, siempre fue una herramienta, nunca un derecho.

Por eso lo que ocurre este miércoles 20 de mayo —Día de la Independencia de Cuba— tiene un peso que va mucho más allá de un trámite judicial. La Fiscalía Federal del Distrito Sur de Florida presenta una acusación formal contra Raúl Castro Ruz por el derribo, en febrero de 1996, de las dos avionetas de Hermanos al Rescate, donde fueron asesinados Armando Alejandre, Carlos Costa, Mario de la Peña y Pablo Morales. Cuatro hombres. Cuatro nombres. Cuatro familias rotas.

Pero seamos honestos sobre lo que de verdad está pasando. Esta acusación, en su lectura más profunda, no es solo por cuatro pilotos. Es la primera vez en casi siete décadas que un miembro de la cúpula castrista es señalado, con nombre y apellido, ante un tribunal. Y eso, para el cubano de a pie, lo cambia todo.

Reproductor de video de YouTube

Fidel murió sin pagar. Esa herida sigue abierta

Conviene decirlo sin rodeos, porque duele y porque es verdad: Fidel Castro murió en su cama, en 2016, sin haber rendido cuentas por nada. Murió rodeado de honores. Murió con jefes de Estado peleándose por elogiarlo. Murió mientras medio planeta organizaba homenajes y minutos de silencio.

El hombre que ordenó fusilamientos sumarios en La Cabaña, que llenó las cárceles de presos políticos, que provocó el exilio de más de dos millones de cubanos, que convirtió una isla próspera en un país de balseros, se fue de este mundo sin que ningún tribunal lo mirara a los ojos. Y la izquierda internacional (esa que se llena la boca hablando de derechos humanos cuando le conviene) sigue venerándolo. Todavía hoy, en universidades de Europa y América Latina, en mítines, en camisetas, el rostro de los Castro se exhibe como un ícono de "la lucha social contra el capitalismo".

Qué insulto. Qué bofetada para cada madre cubana que enterró un hijo, para cada familia que no tiene una tumba dónde llevar flores. Mientras intelectuales de salón brindan por la "revolución", el pueblo real, el de carne y hueso, lleva 67 años pagando la factura de ese experimento.

Por eso esta acusación, aunque llegue tarde, aunque probablemente Raúl Castro (de 94 años, blindado en La Habana) nunca pise una sala de tribunal, tiene un valor inmenso. Es la grieta. La primera grieta real en el muro de impunidad. Y las grietas, en los muros, son el principio del derrumbe.

Lo que el pueblo cubano siente de verdad cuando escucha "Raúl Castro, acusado"

Aquí está el corazón de este artículo. Porque cuando un cubano escucha que Estados Unidos acusa formalmente a Raúl Castro, no piensa únicamente en las avionetas de 1996. Piensa en mucho más. Piensa en todo.

Piensa en los más de 100.000 cubanos que han desaparecido en el estrecho de la Florida intentando huir de la dictadura. Hombres, mujeres, niños tragados por el mar. Sin tumba. Sin nombre. Sin un solo responsable señalado.

Claves del caso

Piensa en el remolcador 13 de Marzo. La madrugada del 13 de julio de 1994, 72 personas intentaron escapar en un viejo remolcador. Embarcaciones del Estado cubano los embistieron y los rociaron con chorros de agua a presión. Murieron 37 personas. Once eran niños. Uno de ellos, según los testimonios de los sobrevivientes, no había cumplido siete meses de vida. Fueron arrancados de los brazos de sus madres por la fuerza del agua. ¿Y saben qué hizo Fidel Castro? Llamó a aquello "un esfuerzo verdaderamente patriótico" y condecoró a los responsables.

Piensa en la masacre del río Canímar. El 6 de julio de 1980 (Día del Niño en Cuba), el barco XX Aniversario fue perseguido, ametrallado desde el aire y finalmente hundido por un buque de gran porte que lo embistió. Murieron al menos 56 personas. Veinte eran niños. La más pequeña, Lilian González, tenía tres años. A las familias les entregaron electrodomésticos para que se callaran. A los sobrevivientes les prohibieron reunirse de a más de dos. Cuarenta y cinco años después, ni siquiera se conocen todos los nombres de los muertos.

Cuando el cubano de a pie escucha "Raúl Castro, acusado", piensa en todo eso. Piensa en los presos políticos (hoy 1.260, según Prisoners Defenders) que se pudren en cárceles donde son golpeados, vejados sexualmente y quebrados psicológicamente. Piensa en los menores de 15 y 16 años encerrados con criminales adultos. Piensa en las madres y los padres que han muerto sin que sus hijos exiliados o prisioneros pudieran despedirse de ellos, porque el régimen les negó la despedida, o la entrada al país, o porque el dinero no alcanzó para un vuelo de última hora.

Piensa en el adoctrinamiento: en la infancia robada por un sistema que enseña a delatar antes que a pensar. Piensa en el daño antropológico (ese concepto del pensador cubano Dagoberto Valdés) que describe cómo seis décadas de miedo, mentira y dependencia han deformado el alma de un pueblo entero, enseñándole a sobrevivir simulando, a callar para no perder, a desconfiar hasta del vecino.

Por eso esta acusación no es de cuatro pilotos. Es de todos. Es una acusación que el pueblo cubano nunca pudo presentar, porque en Cuba no hay tribunales independientes, no hay prensa libre, no hay forma de exigir cuentas. Es la voz que les fue arrebatada, dicha por fin en voz alta.

Por primera vez, el cubano se siente escuchado

Y aquí va lo más importante de todo. Más allá del valor jurídico, más allá de la estrategia geopolítica, esta acusación produce algo que el pueblo cubano no sentía hacía décadas: la sensación de ser escuchado.

Durante 67 años, el cubano de adentro vivió con la certeza amarga de que al mundo no le importaba. Vio cómo presidentes extranjeros abrazaban a sus verdugos. Vio cómo se firmaban acuerdos comerciales por encima de las cabezas de los presos políticos. Vio cómo organismos internacionales recibían al canciller del régimen con honores mientras los apagones de 22 horas dejaban a los hospitales sin electricidad. Vio cómo el mundo, simplemente, miraba para otro lado.

La lectura sobre Raúl Castro

Esta vez no. Esta vez hay una fiscalía que dice los nombres de las víctimas en voz alta. Hay un acto solemne en la Torre de la Libertad de Miami (el edificio por donde entraron generaciones de exiliados) para honrar a los muertos. Hay un Estado democrático que, por fin, pone el dedo donde duele y dice: esto fue un crimen, y tuvo un responsable.

Para el cubano que hace cola por un pan, para el anciano que hurga en la basura buscando comida porque su pensión no alcanza, para la familia que no tiene agua corriente para sus necesidades más elementales, para el enfermo que llega a un hospital sin medicinas, para el trabajador que no puede llegar a su empleo porque no hay transporte ni electricidad... para todos ellos, esta acusación es una señal. Pequeña, tardía, simbólica. Pero una señal al fin: el mundo está empezando a abrir los ojos.

La justicia tardía sigue siendo justicia

Habrá quien diga que esto es sólo simbólico. Que Raúl Castro morirá, como su hermano, sin pisar una celda. Probablemente sea cierto. Pero quien diga que por eso "no sirve de nada" no entiende lo que significa para un pueblo entero dejar de ser invisible.

Los procesos contra los criminales del nazismo empezaron también con acusaciones que parecían imposibles de ejecutar. Los juicios contra las dictaduras del Cono Sur tardaron décadas. La justicia histórica casi siempre llega tarde, casi siempre llega incompleta. Pero llega. Y cuando llega, deja sentado un principio que ningún régimen puede ya borrar: que hubo víctimas, que tuvieron nombre, y que alguien fue responsable.

Raúl Castro entró desde este miércoles en la lista de los dictadores formalmente acusados por la justicia. Junto a Noriega. Junto a Maduro. Esa mancha ya no se la quita nadie. Y para el pueblo cubano, que durante 67 años fue obligado a aplaudir a sus verdugos, ver ese nombre “Castro” escrito en un expediente penal, bajo la palabra "acusado", es algo más que un titular.

Es el principio de la reparación. Es la prueba de que la mentira no es eterna. Es la esperanza, por fin, de que algún día (ojalá pronto) la palabra justicia vuelva a significar algo en la isla.

El pueblo cubano merece que el mundo abra los ojos y vea la realidad: la de un país secuestrado, empobrecido y silenciado por una élite que se enriqueció mientras su gente moría en el mar. Esa realidad ya no cabe debajo de la alfombra.

Y este 20 de mayo, Día de la Independencia de Cuba, es un buen día para empezar a sacarla a la luz.

Comparte este artículo. Que se sepa. Que el silencio, esta vez, no gane.