La marcha del miedo frente a la embajada que el régimen llama "pueblo"

Autor: NotiCuba

El régimen cubano volvió a recurrir a su libreto más viejo y más gastado este viernes 22 de mayo. Frente a la Embajada de Estados Unidos en La Habana, en la explanada bautizada como "Tribuna Antiimperialista José Martí", la dictadura castrista organizó una marcha multitudinaria para "respaldar" a Raúl Castro, quien fuera imputado el miércoles 20 de mayo de 2026, por la justicia estadounidense por el asesinato de cuatro ciudadanos en el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996.

Los asistentes se movieron con la consigna de "Raúl es Raúl". En la primera fila, (muchos de ellos) vestidos con uniforme militar, estaban Miguel Díaz-Canel, Roberto Morales Ojeda, Esteban Lazo, el comandante Machado Ventura y los hijos del propio Raúl: Alejandro y Mariela Castro Espín. Según reportes de algunos medios y del propio gobierno asistieron "cientos de miles de personas" alrededor de 250 mil. 

Pero si miramos esa cifra con toda honestidad cabe preguntarse lo que ningún medio oficial cubano se atreve a preguntar: ¿cuántos de esos cientos de miles fueron por voluntad propia, y cuántos fueron porque no les quedó otra opción?

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El "pueblo" que se convoca con una lista de asistencia

Muchas agencias internacionales como (AFP, CNN, Reuters) escribieron sin medias tintas al describir la concentración que los asistentes no eran una masa espontánea de ciudadanos indignados. Eran, al decir de ellos, "militares, policías, funcionarios y trabajadores de empresas estatales".

Si prestamos atención a esa frase de los medios, nos responderemos, porque en Cuba "trabajador de empresa estatal" significa, en la práctica, casi todo el mundo. El gran empleador es el Estado. El Estado es el dueño del salario, del puesto, del expediente laboral, del futuro profesional de cada cubano. Cuando el Estado "convoca" a una marcha, esa convocatoria no es una invitación es una directiva.

Ese mecanismo de extorsionar para lograr cifras de asistencia lleva décadas aplicándose, y cualquier cubano lo conoce de memoria. Los días previos al acto, los jefes de cada centro laboral reciben la orientación desde arriba. Se elaboran listas, se hacen actas de compromiso de asistencia (quién va y quién no va), se reparten las banderitas, las camisetas, los carteles. Y lo más aberrante, se deja caer, con la naturalidad del que repite un ritual de toda la vida, el mensaje implícito: el que no asista, "que sepa lo que le conviene". La ausencia se considera como falta de "compromiso revolucionario" y esta falta de "compromiso revolucionario", en Cuba, se paga: con la pérdida de un estímulo, con la negativa a un permiso, con una mala evaluación, con el bloqueo de un ascenso, a veces simplemente con quedar marcado en un expediente que te perseguirá toda la vida.

Eso no es una marcha, es una lista de asistencia obligatoria disfrazada de fervor revolucionario y popular. El régimen lo sabe por eso la organiza así porque sabe que la espontaneidad, la de verdad, como la del 11 de Julio de 2021, ya no la tiene.

El pueblo como escudo, el pueblo como rehén

Aquí está el corazón de lo que ocurrió este viernes, y conviene decirlo sin eufemismos. La dictadura castrista utilizó, una vez más, al pueblo cubano como escudo humano.

El mensaje que el régimen quiso mandar al mundo con esas imágenes es claro: "miren, el pueblo nos acompaña, el pueblo defiende la revolución, el pueblo está con Raúl". Quiere fotos de multitudes para presentarlas en la ONU, en los BRICS, en los medios afines, como prueba de respaldo. Quiere convertir a cada cubano que cargó una banderita (voluntario o no) en un argumento de propaganda.

Claves del caso

Pero hay una crueldad de fondo en esa operación. El régimen toma a un pueblo que vive con apagones de 22 horas, que no tiene medicinas en los hospitales, que no tiene transporte ni comida, que hurga en la basura para alimentarse, y lo coloca delante de las cámaras para que haga de coro de su discurso belicista. Pone a gritar contra el "imperio" a la misma persona que esa madrugada se acostó sin comer. Pone a defender a Raúl Castro (un hombre de 94 años, blindado, cuya familia administra propiedades en Florida) a quien no tiene ni para comprar un cartón de huevos.

"El pueblo cubano, es el rehén obligado a sonreír en el video que manda el secuestrador. Esa fue, en esencia, la marcha del 22 de mayo."

Mientras el pueblo servía de escudo, ¿quiénes estaban en primera fila, protegidos por ese escudo? Los de siempre. La cúpula, los Castro, los uniformados, los mismos que, cuando la situación apriete de verdad, no estarán haciendo cola por el pan, ni durmiendo sin ventilador. Los que tienen el futuro asegurado.

El discurso belicista: ganar tiempo a costa del miedo ajeno

Otra función cumplida por la marcha de este viernes para el régimen fue: mantener vivo el discurso belicista en el momento más conveniente para la dictadura.

Esta semana Cuba vive una presión sin precedentes. La acusación a Raúl Castro. Las sanciones a once jerarcas y a la Dirección de Inteligencia. El arresto en Miami de la hermana de la jefa de GAESA. El portaaviones USS Nimitz desplegado en el Caribe. El reporte de Axios sobre los 300 drones. Ante este cerco que se cierra, el castrismo necesita desesperadamente una cosa: ganar tiempo y para ganar tiempo, necesita una cortina de humo.

La lectura sobre Raúl Castro

Esa cortina de humo es el "antiimperialismo". Es el viejo truco de canalizar todo el descontento interno hacia un enemigo externo. El propio Observatorio Cubano de Conflictos registró 1.133 protestas en abril de 2026, un 29,5% más que el año anterior. Las barricadas de Guanabacoa siguen encendiéndose. La gente está harta, y el régimen lo sabe. Entonces, ¿qué hace? Toma esa rabia acumulada (rabia por los apagones, por el hambre, por la falta de futuro) e intenta redirigirla. "No es culpa nuestra", dice el régimen. "Es culpa del imperio, es culpa del bloqueo, es culpa de Washington, que ahora quiere invadirnos."

La marcha frente a la embajada es un intento de transformar la rabia contra la dictadura en miedo hacia el extranjero. Es un intento de comprar tiempo exhibiendo una imagen de "acompañamiento ciudadano a la revolución" que, en realidad, se construyó con listas de asistencia y amenazas veladas en cada centro de trabajo.

La gran mentira de la "soberanía"

Este viernes los oradores del régimen defendieron el derribo de 1996 como un "acto de defensa de la soberanía nacional". Conviene recordar lo que de verdad pasó aquel 24 de febrero: dos avionetas civiles, desarmadas, fueron destruidas por cazas militares cubanos sobre aguas internacionales (así lo determinó la Organización de Aviación Civil Internacional) como causa de este derribo murieron cuatro hombres: Armando Alejandre, Carlos Costa, Mario de la Peña y Pablo Morales. Ese derribo no fue defensa de la soberanía fue un asesinato cometido fuera del espacio aéreo cubano y treinta años después, el régimen sigue convocando multitudes para aplaudir aquello.

Ese es el nivel de cinismo de un sistema que es capaz de poner a su propio pueblo (el que sufre, el que aguanta, el que padece) a celebrar la impunidad de quienes ordenaron matar y de quienes ejecutaron la orden.

Lo que las cámaras no mostraron

Las cámaras oficiales mostraron este viernes banderas, consignas y primeras filas con uniforme, pero lo que no mostraron fue al trabajador que fue porque su jefe le dijo que la ausencia "tendría consecuencias", a la maestra que firmó la lista para no perder su escuela, al estudiante al que le advirtieron que su "actitud" se evaluaría y tendría peso en el escalafón. No mostraron las casas de Guanabacoa y otros barrios en toda Cuba donde, esa misma noche, la gente volvería a quedarse sin luz.

Sobre todo, no mostraron la verdad más simple: que un régimen que de verdad tuviera el respaldo de su pueblo no necesitaría obligar a nadie a marchar. La espontaneidad no se decreta. El cariño no se convoca con listas. Cuando hace falta amenazar para llenar una plaza, esa plaza llena ya no prueba apoyo: prueba miedo.

Este viernes el verdadero pueblo cubano no estaba gritando "Raúl es Raúl" porque quisiera. El verdadero pueblo cubano estaba, como cada día, buscando cómo sobrevivir. El verdadero pueblo cubano seguirá siendo usado (como escudo, como rehén, como decorado de propaganda) por una dictadura que lo necesita callado, asustado y formando filas, mientras ella gana un tiempo que al pueblo se le agota.

El mundo no puede dejarse engañar por las fotos. Detrás de cada multitud convocada por el castrismo no hay fervor, hay una lista, un jefe que tomó nota, un expediente y sobre todo, un pueblo entero al que le robaron hasta el derecho de no aplaudir.

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