Las cazuelas llegaron al centro del poder
El martes, vecinos del municipio Plaza de la Revolución, en La Habana, salieron a la calle a golpear cazuelas.
La protesta fue transmitida en directo por CubaNet News y el periodista independiente Yosmany Mayeta Labrada a través de Facebook.
El dato que hace de este cacerolazo algo distinto es geográfico. Plaza de la Revolución no es un municipio cualquiera:
"allí están el Palacio de la Revolución, sede del Gobierno cubano, el Comité Central del Partido Comunista y varias de las instituciones que concentran el poder político de la isla."
Dicho de otro modo:
"el ruido de las cazuelas se escuchó a pocas cuadras de donde se toman las decisiones que lo provocaron."
Los números detrás del hartazgo
Esta protesta no salió de la nada. Tiene una aritmética muy concreta detrás.
Para ese martes, la Unión Eléctrica proyectó una disponibilidad de apenas 933 megavatios frente a una demanda de 3.250 MW. El resultado:
"un déficit de 2.317 MW y afectaciones previstas de hasta 2.347 MW."
Traducido a la vida real, eso significa que menos de un tercio de la electricidad que el país necesita estaba disponible. Y significa apagones de hasta veinte horas diarias en circuitos de la capital.
La avería de Canasí y la promesa que no se cumplió
Al desastre eléctrico se le sumó otro golpe.
El domingo 9 de agosto se produjo una avería en el centro colector de Canasí, perteneciente a la Empresa de Perforación y Extracción de Petróleo. La rotura dejó sin gas manufacturado —o con presión mínima— a siete municipios de La Habana: Plaza de la Revolución, La Habana Vieja, Centro Habana, Cerro, Diez de Octubre, Playa y Marianao.
La empresa estatal CUPET aseguró que el suministro se restablecería "en la mañana del martes 11 de agosto". La promesa no se cumplió. Los vecinos salieron a la calle con las cazuelas ese mismo día.
Conviene entender por qué esta combinación es tan explosiva:
"sin electricidad, las cocinas eléctricas no funcionan. Sin gas, tampoco las de gas."
Una familia habanera que perdió ambos servicios simultáneamente no tiene ninguna forma de cocinar.
Como resumió un vecino citado por la prensa independiente ante el cierre de un local por falta de gas y luz: eran pocos y parió la abuela.
Un mapa de protestas que se estrecha alrededor del poder
Este cacerolazo no es un hecho aislado. Es parte de un patrón que se ha ido acercando geográficamente al núcleo del régimen.
Marzo: vecinos de Nuevo Vedado protestaron a pocas cuadras del Palacio de la Revolución. Días después, el 23 de marzo, las cazuelas llegaron hasta las inmediaciones del Comité Central del PCC durante apagones que superaron las 30 horas.
Junio: protestas en Boyeros y Tulipán, dentro del mismo municipio.
12 y 17 de julio: nuevos cacerolazos en El Vedado y La Timba, uno de ellos a plena luz del día, tras más de 30 horas sin electricidad.
Claves del caso
Finales de julio: vecinos de El Fanguito —uno de los asentamientos más vulnerables de la capital, a orillas del río Almendares y también en Plaza de la Revolución— bloquearon la Avenida 23 tras más de 48 horas sin luz, agua ni gas.
Un año atrás, las protestas ocurrían en la periferia. Hoy ocurren en el municipio donde despacha el Gobierno.
Las cifras del descontento
El Observatorio Cubano de Conflictos, de la Fundación para los Derechos Humanos en Cuba, aporta la dimensión estadística:
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Abril de 2026: 1.133 protestas, denuncias y expresiones críticas.
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Mayo: 1.311.
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Junio: 107 protestas presenciales, de las cuales 82 en La Habana.
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Julio: 1.415 registros totales, la cifra mensual más alta desde que existe el conteo, con 73 protestas presenciales. Seis veces el promedio histórico.
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Es la ola de manifestaciones más extensa en La Habana desde el 11 de julio de 2021.
Las mujeres al frente
Hay un patrón que atraviesa toda esta ola y que merece atención propia: quienes están saliendo a la calle son, mayoritariamente, mujeres.
En abril, un grupo de mujeres bloqueó la intersección de Mario y la Calzada de Diez de Octubre para protestar por tres meses sin agua. En julio, otro grupo cerró la Calzada de Diez de Octubre frente a la Iglesia Jesús del Buen Pastor. Una de ellas explicó la razón en términos que no necesitan traducción: son madres que decidieron cerrar la calle porque en siete días la corriente llega diez o quince minutos y se va, y porque la poca comida que se consigue en el día se echa a perder.
Ese detalle explica todo. En una economía de subsistencia, sin refrigeración no hay conservación, y sin conservación cada apagón destruye lo poco que se logró conseguir ese día. La carga de resolverlo —buscar la comida, cocinarla como sea, cuidar a los niños en casas a oscuras y con calor— recae de forma abrumadora sobre las mujeres.
Ellas son las que primero perciben que no hay salida. Y son las que primero salen.
El precio de protestar
Esa valentía tiene consecuencias documentadas.
El Observatorio Cubano de Derechos Humanos registró en el primer semestre de 2026 1.949 acciones represivas y unas 257 detenciones arbitrarias.
Tras la protesta de El Fanguito, la Seguridad del Estado detuvo a dos madres. En marzo, una madre de un niño pequeño fue recluida en calabozo e imputada por "desorden público". Los informes del OCC recogen casos de mujeres excarceladas bajo fianzas de decenas de miles de pesos y con procesos penales abiertos.
También se han documentado citaciones para interrogatorio sin firma ni cuño oficial, cortes de internet en zonas donde hubo manifestaciones y amenazas de separación de los hijos a madres que protestaron.
Dos Cubas en la misma ciudad
Aquí está el contraste que alimenta buena parte de la indignación.
La lectura sobre Cacerolazo en Plaza
Mientras estas mujeres bloquean calles porque se les echa a perder la comida, las imágenes de otro sector circulan con insistencia en redes: la del entorno de la dirigencia y sus familias, con acceso a bienes, viajes y consumo que la inmensa mayoría no puede ni imaginar.
El caso más comentado en estos días es el de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, fotografiado por un medio estadounidense con reloj Rolex, calzado Hermès y portafolio Ferragamo, y vinculado por investigaciones periodísticas a decenas de viajes privados a Panamá.
No hace falta forzar la comparación. Basta ponerla una al lado de la otra: en el mismo país y en las mismas semanas, unas madres golpean cazuelas vacías y otros muestran relojes de lujo. Esa distancia es, probablemente, el combustible político más potente que existe hoy en la isla.
Del reclamo material a la consigna política
Hay un desplazamiento que conviene registrar.
Estas protestas empezaron pidiendo electricidad. Pero en los últimos meses las consignas han ido más allá de lo material. En distintos puntos de la capital se ha gritado "queremos libertad", y en Lawton los vecinos salieron con cacerolazos y hogueras al grito de "¡Queremos la luz!" y "¡Libertad!".
Cuando un reclamo de servicios básicos incorpora una demanda política, el problema deja de ser técnico.
La respuesta oficial
El Gobierno atribuye el colapso al embargo estadounidense, reforzado desde enero con el bloqueo al suministro de combustible. Díaz-Canel ha admitido que los apagones continuarán durante todo 2026 y ha pedido "organizar mejor" los cortes.
El sistema eléctrico nacional sufrió el 3 de agosto su séptima desconexión total del año, con apagones que superaron las 87 horas en Matanzas.
Entre la explicación oficial y la experiencia cotidiana hay una distancia que las cazuelas están llenando cada noche.
Lo que viene
El pronóstico de apagones para esta semana no ofrece alivio, y la promesa incumplida del gas mantiene a siete municipios sin uno de sus servicios más esenciales.
Cada vez que un barrio se queda simultáneamente sin luz, sin agua y sin gas, la probabilidad de que suenen las cazuelas aumenta. Y cada vez suenan más cerca del Palacio.