Lo que reveló Martí Noticias
Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro y conocido como "El Cangrejo", intervino en las comunicaciones con el equipo negociador estadounidense después de que agentes del FBI visitaran en Miami a dos familiares suyos.
La información la publicó Martí Noticias a partir de fuentes cercanas al proceso, y ha sido replicada por varios medios independientes.
Y hay un elemento que refuerza su solidez: aunque el Departamento de Estado evitó ofrecer comentarios oficiales, un funcionario al que se concedió el anonimato confirmó que sí existió esa comunicación entre Rodríguez Castro y el equipo negociador estadounidense.
Quiénes son los visitados
Los jóvenes contactados por los agentes federales son Carlos Ernesto y Camilo Pérez-Oliva González.
Son hijos de Óscar Pérez-Oliva Fraga, actual viceprimer ministro y ministro del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera (MINCEX) de Cuba, y sobrino nieto de Fidel y Raúl Castro.
Es decir: son miembros de la familia Castro residentes en Miami.
El interés estadounidense en su padre no es difícil de explicar. Pérez-Oliva Fraga ocupa dos de los cargos económicos más relevantes del país, y el reportaje de The New York Times de agosto lo mencionó entre los nombres que el régimen viene proyectando públicamente como posible sucesor, aunque Washington lo consideraría inaceptable.
Qué pidió el FBI y qué respondieron
Según las fuentes citadas, los agentes federales solicitaron a los hermanos el número de teléfono de su padre y les comunicaron que las autoridades estadounidenses querían establecer un contacto directo con él.
Los jóvenes se negaron a entregarlo.
Después informaron de lo ocurrido a su padre, quien a su vez lo puso en conocimiento de El Cangrejo.
La reacción
Una fuente vinculada a la mediación entre la administración Trump y el régimen cubano describió el estado de ánimo del nieto de Raúl Castro con una palabra: "estaba furioso".
Claves del caso
Rodríguez Castro transmitió a los estadounidenses que la actuación contra los hijos de Pérez-Oliva era "inaceptable" y que afectaba las posibilidades de diálogo.
Otro funcionario, también bajo anonimato, confirmó que el nieto de Raúl Castro intercedió por los jóvenes, aunque matizó que las conversaciones nunca estuvieron realmente en peligro.
Lo que no se sabe
Por rigor conviene ser explícitos con los vacíos, que son considerables:
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No se conoce por qué el FBI los visitó. Martí Noticias no pudo determinar en qué condición fueron contactados: si como posibles testigos, como personas con información relevante o de otra forma.
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No hay acusaciones contra ellos. Que alguien sea contactado por agentes federales no significa que esté imputado ni que exista un proceso penal en su contra. No se ha divulgado evidencia de cargos criminales contra Carlos Ernesto ni contra Camilo.
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El FBI no respondió a la solicitud de comentarios.
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No consta que Pérez-Oliva Fraga haya mantenido finalmente algún contacto con representantes de Washington.
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El matiz que cambia la lectura
Y ahora un elemento que conviene incorporar antes de sacar conclusiones, porque puede explicar la negativa de los hermanos de una forma muy distinta a la que parece.
En Cuba, un contacto no autorizado entre un alto funcionario y representantes de un gobierno extranjero conlleva un riesgo legal extremo.
El precedente está fresco: el exministro de Economía Alejandro Gil fue condenado en 2025 a cadena perpetua por espionaje.
Visto así, la negativa de Carlos Ernesto y Camilo a entregar el teléfono de su padre puede no haber sido un gesto de lealtad al régimen. Puede haber sido, sencillamente, el intento de dos hijos de no poner a su padre en una situación que en Cuba se castiga con prisión de por vida.
Es una lectura tan plausible como la otra, y merece constar.
Lo que dijo Camilo
Hay otro dato que obliga a la prudencia.
Camilo Pérez-Oliva ha negado públicamente que el régimen cubano o su padre financiaran sus estudios y sus negocios. También ha rechazado las acusaciones de apoyar al Gobierno cubano y ha asegurado que ha denunciado públicamente la situación de la isla.
Ese posicionamiento está en el expediente y no puede ignorarse. Convertir a dos jóvenes en símbolo de la corrupción de una cúpula, sin prueba de que participen en nada, sería injusto y además innecesario.
Porque el argumento de fondo no los necesita.
Ahora sí: la asimetría que duele
Aquí está lo que este episodio revela realmente, y no tiene que ver con los dos hermanos.
Alguien levantó el teléfono.
La lectura sobre El Cangrejo
Bastó una visita del FBI —una conversación, sin cargos, sin detención, sin proceso— para que uno de los hombres más influyentes del aparato cubano se comunicara directamente con el equipo negociador estadounidense, expresara su furia y advirtiera que aquello ponía en riesgo el diálogo entre dos países.
Ese diálogo, conviene recordarlo, es el que decide el futuro de once millones de personas.
Y ahora pregúntese quién levantó el teléfono en estos otros casos:
- Los cuatro cubanos abandonados en Malabo. Carlos Rodríguez, Darwin Hernández, Emilio Destrade y Leonardo Sánchez se negaron a bajar en Liberia, les dijeron que volvían a Estados Unidos y terminaron encerrados en un hotel de Guinea Ecuatorial con hombres armados en el perímetro. Carlos Rodríguez lo describió así: "Están traficando con mi vida." Nadie intercedió.
- Los cuatro enviados a Bangui, República Centroafricana, embarcados sin conocer su destino y sin vacunas. Nadie intercedió.
- Norge Rodríguez Vergés, exprisionero político cubano, lleva casi diez meses detenido en Pompano Beach, con protección contra la tortura reconocida por el propio fiscal estadounidense, y aun así en riesgo de ser enviado a un tercer país. Nadie intercedió.
- Los 1.327 presos políticos documentados por Prisoners Defenders, entre ellos un niño de trece años que gritó "no me den más, soy un niño". Ninguna cancillería llamó por ellos.
- Los más de 355.000 cubanos que esperan una decisión de residencia en Estados Unidos, y las decenas de miles con I-220A que no pueden ni salir a ver a sus padres sin arriesgar diez años de castigo. Nadie llamó.
Quién tiene a quién llamar
Esa es la desigualdad que este episodio deja al descubierto, y no requiere adjetivos para entenderse.
Cuando un cubano común es detenido, deportado a un país que jamás pisó o encerrado por golpear una cazuela, no hay ningún teléfono que suene en su nombre. No hay un coronel furioso. No hay una advertencia sobre el riesgo para las negociaciones. No hay un funcionario estadounidense confirmando bajo anonimato que alguien intercedió.
Hay silencio.
Cuando el afectado pertenece a la familia, en cambio, la maquinaria se activa en cuestión de horas y llega hasta el equipo negociador de otro país.
El régimen cubano lleva sesenta y siete años sosteniendo que su prioridad es el pueblo. Este episodio, verificado y no desmentido, sugiere otra cosa:
"que existe un círculo muy pequeño de personas por las que sí se mueve todo, y once millones por las que no se mueve nada."
La pregunta que queda
Hay además una dimensión más incómoda todavía.
El discurso oficial condena a Estados Unidos como el imperio, el enemigo, el sistema que hay que combatir. Y los hijos de quienes sostienen ese discurso viven en Miami, estudian allí, hacen negocios allí.
No se les puede reprochar a ellos: cualquiera tiene derecho a construir su vida donde quiera. El reproche es al discurso, no a las personas.
Pero la pregunta sigue en pie, y nadie la ha respondido:
"si ese sistema es tan condenable, ¿por qué es sistemáticamente el destino de quienes están cerca del poder, y sistemáticamente la meta prohibida para el resto?"
Desde Noticuba seguiremos informando.





