El año en que Washington puso fecha
Todo cambió el 3 de enero de 2026. Ese día, fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Venezuela y con él cayó el principal sostén energético de Cuba. Washington bloqueó los petroleros con destino a la isla —incluidos buques de la mexicana Pemex— y anunció que aspiraba a un cambio político en La Habana antes de terminar el año.
El 11 de enero, Donald Trump telefoneó al Gobierno de Díaz-Canel para pedirle un acuerdo antes de que fuera tarde. En esa intervención llamó a Marco Rubio "un próximo presidente de Cuba", frase que se leyó como retórica pero que fijó el tono. El 29 de enero firmó una orden ejecutiva que califica a Cuba como amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad estadounidense.
Siete meses después, la conversación en Washington ya no gira en torno a si el régimen resiste, sino en torno a quién administra el país al día siguiente.
La fórmula: "alteración" antes que "cambio"
En agosto, The New York Times reveló que la CIA creó un grupo de trabajo dedicado exclusivamente a Cuba y que Estados Unidos busca activamente a un dirigente dispuesto a encabezar una transición. El diario resumió la estrategia con una frase que ya circula en los pasillos del poder: se trata de "más una alteración del régimen que un cambio de régimen".
La distinción importa. No se persigue un colapso caótico, sino que el aparato existente siga funcionando —ministerios, tribunales, bancos, policía, empresas— mientras cambia el núcleo que concentra el poder y su relación con Washington.
El modelo es Venezuela. Tras la captura de Maduro, Delcy Rodríguez asumió interinamente y buena parte de la maquinaria estatal siguió operando. Washington encontró una interlocutora y terminó restableciendo relaciones.
Escenario 1: la transición desde adentro
Es el que más avanzado parece, y el más incómodo para el exilio.
Según el reportaje del Times, tres nombres circulan en Washington. Óscar Pérez-Oliva Fraga, viceprimer ministro y sobrino-nieto de Fidel Castro, a quien el propio Gobierno cubano viene proyectando públicamente, pero al que Estados Unidos considera inaceptable. Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, coronel del MININT, conocido como "El Cangrejo", sin cargo público pero presente en reuniones de alto nivel. Y Lázaro Alberto Álvarez Casas, ministro del Interior, cuya ventaja para Washington sería precisamente su posición dentro del aparato de seguridad.
En marzo, según el mismo diario, funcionarios estadounidenses ya habían transmitido a La Habana que Díaz-Canel debía dejar el poder, sin definir quién lo sustituiría.
La ventaja de este escenario es que evita el vacío institucional. Su problema es de legitimidad: una transición pilotada desde el propio aparato difícilmente sería aceptada como "liberación" por quienes llevan décadas exigiendo democracia.
Escenario 2: la sucesión constitucional
En el papel, Cuba tiene reglas claras. Existe un primer vicepresidente, Salvador Valdés Mesa; un primer ministro, Manuel Marrero; y un presidente de la Asamblea Nacional, Esteban Lazo.
Pero casi ningún analista cree que ese sea el mapa real del poder. La Constitución define al Partido Comunista como fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado, y el cargo decisivo no es la presidencia sino la Primera Secretaría del PCC, que ostenta Díaz-Canel. A eso se suma el peso de las Fuerzas Armadas.
Dicho de otro modo: una sucesión "constitucional" reproduciría el sistema en lugar de desmontarlo. Sirve para evitar el caos; no para cambiar el modelo.
Escenario 3: la oposición y el Acuerdo de Liberación
Fuera del aparato, existe una alternativa organizada, aunque fragmentada.
Claves del caso
El Acuerdo de Liberación, coordinado por Rosa María Payá, agrupa a buena parte de la oposición cubana. Payá, hija del líder democrático Oswaldo Payá y miembro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, sostiene que la crisis no tiene solución dentro del socialismo y promueve, junto a la plataforma Pasos de Cambio, un plan que atienda la emergencia humanitaria mientras impulsa un cambio institucional irreversible hacia el Estado de derecho y las elecciones libres.
José Daniel Ferrer, fundador de la UNPACU y exiliado en Miami tras años como preso político, es la otra figura central. Ha reconocido contactos constantes con Rubio y el Departamento de Estado, ve el modelo venezolano como replicable y ha advertido que si el régimen no acepta una transición seria "lo van a sacar del poder a lo Maduro".
En los intercambios con Washington participan también opositores dentro de la isla, como Berta Soler y Ángel Moya, y figuras del exilio como Orlando Martínez. Nombres como Manuel Cuesta Morúa y el artista Luis Manuel Otero Alcántara aparecen en cualquier mapa de la disidencia.
Preparando "el día después"
Hay un movimiento concreto que va más allá de las declaraciones. En junio, el Acuerdo de Liberación anunció en Miami una alianza con la Asociación de Abogados Cubano-Americanos (CABA) para reclutar asesores jurídicos dentro y fuera de la isla y redactar una hoja de ruta legal para la transición.
Payá lo explicó sin rodeos: "Estamos construyendo los cimientos jurídicos de una Cuba democrática" antes incluso de que cambie el régimen. Y añadió el argumento que sostiene la iniciativa: "cuando una dictadura colapsa, deja un vacío". Ferrer calificó la alianza como trascendental y subrayó que ninguna reconstrucción es posible sin independencia de poderes.
La incógnita que casi nadie discute: los militares
Cualquier escenario tropieza con el mismo obstáculo. Las Fuerzas Armadas cubanas no son solo un actor militar: a través de su conglomerado empresarial controlan porciones decisivas del turismo, las remesas, el comercio minorista y la logística. Ninguna transición es viable si ese poder económico decide bloquearla, y ninguna es limpia si se pacta dejándolo intacto.
Ese es el dilema de fondo: sin los militares no hay transición ordenada; con los militares no hay ruptura completa.
Lo que puede salir mal
Conviene enumerar los riesgos con la misma seriedad que las expectativas.
No hay socios organizados sobre el terreno. El propio Times señala que la nueva unidad de la CIA carece de contrapartes cubanas estructuradas dentro de la isla.
La lectura sobre Quien Gobernara Cuba
Los que esperan podrían ser más duros, no más blandos. El diario apunta que quienes aguardan entre bastidores representan facciones más radicales. Es el error que Washington cometió en Irán al apostar por una figura crítica del liderazgo clerical.
La oposición está fragmentada. El propio Ferrer ha expresado preocupación por la falta de coordinación, aunque confía en que las distintas fuerzas trabajen juntas si el régimen cae.
Raúl Castro no ocupa cargos formales. A sus 95 años, su salida no produciría automáticamente un relevo institucional.
El calendario depende de factores externos: las elecciones estadounidenses de noviembre y el frente iraní.
La posición de La Habana
El Gobierno cubano rechaza de plano el planteamiento. Díaz-Canel cerró la última sesión del Parlamento con una fórmula que resume su respuesta: "Somos un pueblo soberano que ha decidido su destino".
La Habana atribuye la crisis al bloqueo estadounidense, calificado por el propio presidente como un castigo colectivo humanamente insoportable. Al mismo tiempo, ha mostrado señales de negociación: confirmó conversaciones con Washington en marzo, liberó a 51 presos políticos y en abril excarceló a más de dos mil reclusos.
El costo que nadie ha resuelto
Hay una dimensión que suele quedar fuera del debate estratégico. La Oficina de Derechos Humanos de Naciones Unidas ha advertido que el bloqueo y la escasez de combustible amenazan el suministro de alimentos y han afectado los sistemas de agua y los hospitales cubanos, además de impedir cosechas.
Quienes defienden la presión sostienen que es el único mecanismo que ha acercado a La Habana a la mesa. Quienes la critican responden que el costo lo paga una población que no eligió a ninguno de los actores en disputa. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez.
La pregunta sigue abierta
Nadie tiene hoy una respuesta cerrada. Lo que existe son tres caminos que compiten: un relevo pactado dentro del aparato, una sucesión formal que cambiaría poco, o una transición conducida por la oposición que aún carece de estructura dentro de la isla. El propio reportaje del Times termina reconociendo que los planes precisos de Estados Unidos siguen siendo poco claros.
Lo que sí está claro es que, por primera vez en sesenta y siete años, la conversación ya no es hipotética. Y que la pregunta decisiva no es cómo cae un gobierno, sino qué se construye al día siguiente.





